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La montaña efímera. Joan de la Vega.

Imagen: Matías Miguel Clemente



Lo primero que hago
es teclear Vall d´Incles y pinchar en mapas y entonces, como una mano abierta a la que han rascado un poco de piel seca, aparece Andorra y una gota de sangre que significa que ahí se sitúa el Valle. Me alejo de la captura de la pantalla y como en una nube aparecen los ojos del montañero. No sé por qué razón busco
Que tinguem sort de Llach.
Hay gente a la que siempre le desearás suerte, como un saludo eterno entre islotes y cimas, les prendes un papel y les falsificas unos versos que haces tuyos. Uno de estos es Joan.

Es un poeta que no deja de creer en todo lo que la palabra da de mágico, que no deja de creer en que el viaje es la manera más rápida de llegar al alma estática que nos acompaña como un jarrón chino, que aún cree en que ese jarrón hay que alzarlo desde lo más alto de la montaña para que coja aire puro y nos lo reparta poco a poco, entre cotas y cotas. Aún cree, y eso es muy grande. Cree en la montaña como lugar de contemplación de la tormenta -reflejo del miedo infantil-, como génesis de los teoremas de la muerte todavía sin petrificar, como madre, como Vía Láctea que desparrama buganvillas, como lugar de creación infinita y continua, como espacio en el que se crean pasos sin nombre, a ti, que tan poco te gustan. En definitiva como esa Anábasis de cada cual que se encuentra en lo terrenal a merced de las estampidas de lo celeste, de las tormentas, de los hielos, de las nubes que destilan la armonía del espanto y que da miedo encontrar, porque la altura asusta, y mucho. Y más, asusta cuando sabemos que es nuestra la altura, que son nuestros ojos los fugaces, nuestras piernas la piedra que hay hasta la cota más baja, nuestros recuerdos y nuestro aliento, los que se quedan allí haciendo señales de humo, como las que hacen restallar cada poco Corredor-Matheos, Ancet, Jaccottet, Kaneto Shindo, Stetie... La última cima nos ha reconocido, y hay más cimas, amigo, busca por nosotros, hay más.

Después Lugar de amor se desparrama ladera abajo. Aunque sea una conquista de cumbre, los latigazos del montañero a sus piernas las convierte en líquido que baja por todas las caras de la montaña, buscando aguas/ tranquilas/donde apoyar/la frente/y secar/su sudor. En estos versos cortos, hilados, estrechos como un camino grabado, cabe el otro, y se busca, y se necesita para deshabitarlo, dejarlo y sucederlo al sol y frente a la nieve, petrificado. Este lugar de amor es el desalojo final donde se pregunta por y para el ser inmediato que ha subido y se queda allí. Para saber quién hay y si ya se es pájaro desnudo o piedra sin verbos. De la cima, del lugar de amor, se baja ya empapando el surco hecho, solo, sin ninguna respuesta de esta honda/ laguna/donde yo/sumerjo/los pensamientos, porque las respuestas las exigirás ahora, después de preguntarte si hay un lugar más digno.

Que tinguem sort, amic.

Pletes del Siscaró, 2.150m

Busco aguas
tranquilas
donde apoyar
la frente
y secar
su sudor.
En ellas
suelo
descalzarme,
ofrecer
mis plantas
desgastadas
al tacto
del sol.
En blanco
anoto
la fecha
que recuerde
al verde
sentirse azul.
Donde
el otro
que me habita
suceda
ya
sin más
razón.

Joan de la Vega. La montaña efímera. Paralelo Sur Ediciones. Barcelona, 2011.

6 comentarios:

adolfo dijo...

es un libro grandioso por su verdad transparente hasta doler.
besos adolfo

matías miguel clemente dijo...

Lo es, Adolfo. Lo resumes muy bien, transparente hasta doler. Bss

Israel dijo...

En esa transparencia, yo me nublo inevitablemente ante el ·sucede· . Quiero decir, que qué es lo que integra a esa sucesión que quiere expresar, un sentido de tras herencia, como toma de posesión, o de aparición por subida, o que emerja por descenso, o es cosa de reconocimiento. Otro, para echar más leña, podría decir que es la disyuntiva del estar entre la sucesión y la revuelta.

Sí, está claro que la tranquilidad y la serenidad a alcanzar aparecen ahí. Pero cómo es el suceder por el que se apostaría en éste. Llevo varios días dándole vueltas y esto no hace sino continuarme la pregunta.

matías miguel clemente dijo...

No sé si te refieres a la concatenación de sucesos, si son lineales, recurrentes, o si los sucesos están amalgamados. La tranquilidad no la da, en mi opinión la forma en que sucedan las cosas, sino la propia recepción, suave o abrupta.

Israel dijo...

No me refería tanto a la concatenación de sucesos, sino a la aparición del suceso . Dice, "donde el otro que me habita suceda ya sin más razón". Nombras a la propia recepción, y va por ahí, pero me llama la atención que en el poema busca, realiza ritual, anota para su memoria y luego espera al suceder.

Entonces, ese suceder, me importa poco si es tranquilo o no, cómo se espera que ocurra, cómo se forma. De ahí las preguntas a qué es lo que integra el suceder cuando es ya sin más razón .

Joan de la Vega Ramal dijo...

... ser anulado/borrado por/en el paisaje. Nada más que eso.

Saludos y gracias.