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ocupación

no quiero ocuparme más de todo esto porque es llenar de empeño
los espacios alimentar las grietas hambrientas de mi cuerpo
desposeerme del silencio en el que a veces insisto y reproduzco
como olas en una estación abandonada antes de un tsunami

no ocuparme más de mí puede ser la mejor manera de decir
a tientas que el trabajo mata a los hombres y que razonar
es lo que hace de un cuervo un pájaro odioso

que la base de todas mis acciones es un bunker enfermo y ocupado
como fue ocupada la plaza que dejó el padre de hamlet
o como fueron ocupados los nombres de algunos lugares
de la tierra como fue ocupado el cuerpo de friedrich aquí al lado
por un ente que le dijo antes de poseerlo que dejara el empeño y no
se ocupara más

                                                                                          ocupación

La Adoración. Capítulo 4

 Imagen: Matías Miguel Clemente. Alba (Piamonte).



Sí, la infancia, ¿pero por qué?¿Qué tenías tú que ver con ella?
No ser tiempo, me dije. También la infancia crece iluminándose
y, si juráramos haber seguido sus huellas sin perder la cuenta,
una a una, nos habría conducido a un palacio iluminado donde
celebrar siempre su victoria. También la infancia fue vivida y no
tuvo un final. Igual que tú, prometió algo que no coincidia con
la vida. ¿Y se fue?¿Y te fuiste?

De La Adoración. Capítulo 4. Desde que somos un diálogo.
Juan Andrés García Román.
Sólo este fragmento me ha dado más que luz que todo un verano.

Immondizia

Imagen: Matías Miguel Clemente. Oporto.



Immondizia significa en italiano basura, también en español, pero no lo contemplamos como uso generalizado. Al principio, siempre que lo oigo, me resulta divertido, pero después me produce una sensación aspaventosa. Acabo de llegar del mercado que hay en Via Madama Cristina, en el barrio de San Salvario, de comprar basílico y hierbas para ensalada. Es un mercado ordenado, silencioso, incluso limpio, nada que ver con la algarabía de Porta Palazzo, nada que ver con los colores que se esconden bajo los toldos rojos y sobre las pieles de los mercaderes, nada que ver con los cantos disfrazados de plegaria y oferta "DAI!!! SIGNORA!!!DAI!!!...Y nada que ver con su estructura casi sinérgica que te hace dar vueltas y vueltas y parecer la partícula de dios perdida en un espacio móvil. Si comparamos se compra más barato en Porta Palazzo y además ahí sí hay cosas que ver, los sábados por ejemplo sucede otro fenómeno: el Balon. Mientras sucede la magia del mercado diario en Piazza della Repubblica, donde actúa el circo de Porta Palazzo, un poco más abajo, casi pegado y cerca del río Dora, o la Dora, hay un mercado de cacharros, a secas. En el Balon se trapichea, se vende lo que ya nadie quiere a este lado más cercano al Po, las cosas inútiles, inservibles, desfasadas. Sobre una sábana blanca como la que refleja el cuerpo de cristo a unos metros (no exagero) los vendedores colocan sus trastos inútiles ocupando la explanada que hay bajo Piazza della Repubblica. Zapatos, zapatos sueltos, llaveros, llaves sueltas, herramientas, herramientas rotas, bicicletas robadas, bicicletas robadas rotas, todo un catálogo de tecnología obsoleta y hierro valiosísimo para que ese circuito siga funcionando, para que lo que aún es mondizia pueda ofrecer algo que llevarse a la boca a quien lo encuentre o lo trueque. Y así, desde Madama Cristina, hasta Porta Palazzo, y hasta que por fin llegamos al Balon, recorremos el camino que recorren las cosas útiles hasta que se convierten en basura, en immondizia. Pero aún, cuando termina el Balon y la explanada está vacía de vendedores, aún en ese momento un ejército de gente desprovista de todo lucha contra los agentes de limpieza para rescatar la immondizia. Cuando los servicios del Comune activan sus mangueras aún hay gente disputando una tela, un plástico con forma de elefante, un zapato, una llave inglesa.

Eso hemos hecho, hacer de lo que ya no es de este mundo, de lo que es inmundo, algo valioso. Eso estamos construyendo, un mundo para los que usamos lo del mundo, y otro para los que se ven obligados a convertir nuestra inmondizia en su propio mundo. Así, nosotros recorremos los estadios que recorren los objetos, a veces con la certeza de pagar más de la cuenta, y otras veces con la curiosidad de ver dónde acaba aquello que ya no quisimos y por lo que no pagaríamos nada; pero ya, hasta ahí llegamos, ahí acaba nuestro viaje, donde para nosotros, que estamos a este lado, empieza la basura.

Imagen: Matías Miguel Clemente. Vista parcial del Balon.

Cuando pienso en América

Imagen: William Eggleston


Cuando pienso en América e inmediatamente suena una música que mezcla la voz de Thom Yorke con la de Don McLean me veo detrás de esta foto. Cuando pienso en América y veo a Coupland saliendo de unos grandes almacenes con una bolsa a cada lado me veo detrás de esta foto. Cuando pienso en Travis atravesando el puente para ir a recoger a su hijo me veo detrás de esta foto. Cuando pienso en algún chaval larguirucho vistiendo un pantalón de paño con tirantes y leyendo a Whitman me veo detrás de esta foto. Cuando pienso en Carver, en Ferlinghetti, en Kerouac, me veo detrás de esta foto. Cuando veo la tarde rojiza pienso cómo será en América y me veo detrás de esta foto. Cuando veo una autocaravana de feriantes oxidada que reza "Las Vegas" me veo detrás de esta foto. Cuando leo El mapa de América de Pablo García Casado, o This is your home now de Mercedes Díaz Villarías, me veo detrás de esta foto. Cuando pienso en por qué me compré una cámara de fotos me veo detrás de esta foto. Cuando pienso en si me gustaría ir a América intuyo inmediatamente que es para hacer esta foto. Cuando veo esta foto me veo preguntando quién está detrás, cómo ha sabido lo que había que hacer. Cuando he visto esta foto me he dado cuenta de las vueltas que he dado. Cuando me he visto en esta foto me he dado cuenta de hasta qué punto estoy metido y de que por mucho que conduzca ya nunca voy a salir. Hallelujah…

Oferta de empleo. Juan Bonilla.

Imagen: Matías Miguel Clemente. Torino.


Buen día para recordar este irónico poema:

OFERTA DE EMPLEO

Preciso señorita de ojos negros,
melena negra derramada en cascada por la espalda,
uno setenta y tres de altura,
estudiante de cuarto de Arquitectura,
domiciliada en Vía Layetana, 17, octavo C, Barcelona,
su teléfono ha de ser el 93 3 45 67 81.

Imprescindible que haya leído tres veces
La Gran Eulalia de Paolo Capriolo
y que cumpla años ( 24 esta primavera)
el 17 de abril.

Se ha de llamar Marta Trullols Aymé.
Se le propone salir a tomar algo
(aunque no sea en serio).

Interesadas llamar al 93 4 53 17 04.

Absténganse quienes incumplan uno solo
de todos estos requisitos.

de Juan Bonilla

Ventimiglia, regno dei bambini.

Imágenes: Matías Miguel Clemente (Ventimiglia)

Calcio I

Calcio II

Calogero in fraganti


Calogero si fuga


Eleonora sta puliendo


Jacopo e Mirko ritornando a casa sua

Hopper a Genova

Edward Hopper: Morning sun.


En Génova, en el Palacio Ducal, nos hemos encontrado con una maravillosa exposición que con la excusa del viaje reunía una buena muestra de la obra de Van Gogh, de Gauguin, de Turner, un Rothko, varios Kandinsky y de este señor del cual rescato este archiconocido cuadro. Encontrar esta exposición ha sido de lo más reconfortante y valioso que me ha pasado últimamente, por muchos motivos, el primero de ellos porque por fin he hecho cola en Italia durante una hora para algo que realmente me apetecía, y los demás motivos son tan intangibles que los expongo utilizando una sola palabra: hambre. Después de pasar casi una semana entera metido en casa con una bronquitis tenía la necesidad de devorar (la noche anterior hubo sed, la sacié y ahora tocaba lo que tocaba).

Me encanta Hopper, y creo que en mí es una rareza, pero me encanta la lucha que establece entre las luces artificiales y las naturales, cómo elimina del ser al ser y cómo dota de ser al no ser, a la esquina, a la pared, a los pies de una cama... Este cuadro concretamente siempre me ha fascinado. Lo he encontrado en una sala minúscula en la que había infinidad de gente observando unos lienzos de Turner y escuchando una grabación en las audioguías, con lo que era difícil que se percataran de que intentaba cruzar la sala para encontrarme con el Hopper que estaba, casualmente, solo bajo esa luz que le impone la sala y que le confieren los visitantes al pasar por delante del cuadro. Como digo, desde la entrada lo vi entre los numerosos hombros y troncos que se rozaban sin hablarse y que permanecían fieles a la grabación sonora de la vida y obra de los otros pintores. Al desplazarme como pude hasta el cuadro medité por dónde entraría si tuviera que hacerlo, si tuviera que comunicar algo a Jo, quiero decir, si debería entrar, dado el caso, por la ventana, que es por donde entra esa explosión de luz que ciega las piernas de la mujer, pero pensé que no, ya que ella no es capaz de ver ni tan siquiera la luz, menos aún la ventana, está tan ensimismada que podría entrar un cohete por ella y no lo notaría, entonces pensé, ya delante del cuadro, que seguramente sería más fácil despertarla del sueño consciente desde la puerta que debe existir justo donde estoy ahora, y que ha debido de ser cerrada hace muy poco tiempo, ya que las manos, los pies y la cara de esta mujer revelan cierto calor, existe un tono rojizo que invita a pensar que su ritmo cardiaco hace poco tiempo era elevado. Precisamente esta es una de esas cosas que me atraen de Hopper, esa especie de sexualidad latente que emerge de los cuerpos y las posturas de los individuos, posturas de abandono, de vergüenza, de litigio, de mercadería, de ultimatum, de soledad en definitiva, como en Summer evening. Por tanto sé que de entrar lo haría por ahí y me habría cruzado seguramente a un tipo con un traje verde oscuro y un sombrero marrón en la mano por una escalera con barandilla de madera, bajando con cierta prisa y pisando un escalón por paso, con las puntas de unos zapatos negros y sucios.

Forzaría la entrada, con cuidado, con una tarjeta, sé hacerlo, y además esta puerta sería antigua, ya que este cuadro está pintado en 1952, con lo cual no sería difícil introducir la tarjeta y dar un pequeño golpe a la puerta para asomar la cabeza y cerrar un poco los ojos debido a la luz en la cara. Pero pensándolo bien, tan solo podría sentarme a su lado y mirar hacia abajo, como otro ser aislado más, como la chica de la habitación de hotel.

Por tanto, abandoné la idea y abandoné a Jo, mujer de Edward y modelo en casi todos sus cuadros, y me dejé llevar junto al resto de los visitantes por el orden que indicaba cada una de las salas, pasando por delante de algunas otras obras que merecieron una atención especial, sin embargo no pude dejar de detenerme ante una de las vigilantes de la muestra; dejé de seguir a cualquiera y dejé de mirar hacia las paredes y hacia las vitrinas que mostraban, como seres aún vivos y solitarios, cartas y manuscritos de algunos pintores, para fijarme sólo en la escena que tenía delante, era como si estuviera viendo de nuevo a Jo, a la mujer de Hopper, pero ahora en la realidad, inmersa en nuestro mundo, iluminada por una luz artificial como las de sus cuadros, rodeada, inmensamente rodeada de gente, más, monstruosamente rodeada de gente, pero categóricamente sola y lejana de cualquier punto de luz, de silencio, de geometría, de artificio, y desde luego de metafísica. Estaba viendo otro Hopper, estaba ante la constatación de que las paredes que descubren sus cuadros no existen, al menos aquella en la que estamos nosotros, ya que formamos parte del silencio del mundo, de todo el mundo, cuando callamos, cuando no levantamos la voz, somos parte de la quietud, cuando no movemos un dedo, y somos desde luego, la fuente de la metafísica con la que analizamos cada poema, cada libro, cada cuadro y cada sombra que producimos. Me hice ver a mí mismo que somos parte de la nada cuando no esperamos nada, y que todo aquello de lo que queremos participar está ya dentro esperando a que le dé la luz necesaria. Este es el Hopper que vi representado New York Movie.

La Shoah. Il giorno della memoria.

Imagen: Matías Miguel Clemente. Auschwitz



De los seiscientos cincuenta que íbamos en aquel tren, las cuatro quintas partes perecieron aquella misma noche o la siguiente, enviados directamente a las cámaras de gas. En aquel escenario siniestro, en plena noche, bajo los focos, con toda esa gente que gritaba –gritaban como nunca se ha oído gritar, gritaban órdenes que no comprendíamos–, bajamos de los vagones y nos pusimos en fila, nos hicieron poner en fila. Delante de nosotros había un suboficial y un oficial –después supe que era médico, pero al principio no lo sabíamos–, y preguntaban a cada uno si podía trabajar o no. Me dirigí a mi vecino, era un amigo, un muchacho de Padua mayor que yo y en mal estado de salud, y le dije: yo pienso decir que puedo trabajar. Y él me contestó: haz lo que quieras, a mí me da igual. Ya había abandonado toda esperanza. De hecho, se declaró incapacitado y no entró en el campo. No volví a verle nunca más, como a ninguno de los otros, por lo demás.

Primo Levi. Scrittore torinese.

mot rojam. Videopoema.

Poema y video: Matías Miguel Clemente
Montaje: Antonio Rodríguez Gómez
Música: La mer. Charles Trénet.
Proyectado en el Festival Internacional de Cine de Albacete (ABYCINE) y en el Festival de Cine CINEXIN de La Roda.

La montaña efímera. Joan de la Vega.

Imagen: Matías Miguel Clemente



Lo primero que hago
es teclear Vall d´Incles y pinchar en mapas y entonces, como una mano abierta a la que han rascado un poco de piel seca, aparece Andorra y una gota de sangre que significa que ahí se sitúa el Valle. Me alejo de la captura de la pantalla y como en una nube aparecen los ojos del montañero. No sé por qué razón busco
Que tinguem sort de Llach.
Hay gente a la que siempre le desearás suerte, como un saludo eterno entre islotes y cimas, les prendes un papel y les falsificas unos versos que haces tuyos. Uno de estos es Joan.

Es un poeta que no deja de creer en todo lo que la palabra da de mágico, que no deja de creer en que el viaje es la manera más rápida de llegar al alma estática que nos acompaña como un jarrón chino, que aún cree en que ese jarrón hay que alzarlo desde lo más alto de la montaña para que coja aire puro y nos lo reparta poco a poco, entre cotas y cotas. Aún cree, y eso es muy grande. Cree en la montaña como lugar de contemplación de la tormenta -reflejo del miedo infantil-, como génesis de los teoremas de la muerte todavía sin petrificar, como madre, como Vía Láctea que desparrama buganvillas, como lugar de creación infinita y continua, como espacio en el que se crean pasos sin nombre, a ti, que tan poco te gustan. En definitiva como esa Anábasis de cada cual que se encuentra en lo terrenal a merced de las estampidas de lo celeste, de las tormentas, de los hielos, de las nubes que destilan la armonía del espanto y que da miedo encontrar, porque la altura asusta, y mucho. Y más, asusta cuando sabemos que es nuestra la altura, que son nuestros ojos los fugaces, nuestras piernas la piedra que hay hasta la cota más baja, nuestros recuerdos y nuestro aliento, los que se quedan allí haciendo señales de humo, como las que hacen restallar cada poco Corredor-Matheos, Ancet, Jaccottet, Kaneto Shindo, Stetie... La última cima nos ha reconocido, y hay más cimas, amigo, busca por nosotros, hay más.

Después Lugar de amor se desparrama ladera abajo. Aunque sea una conquista de cumbre, los latigazos del montañero a sus piernas las convierte en líquido que baja por todas las caras de la montaña, buscando aguas/ tranquilas/donde apoyar/la frente/y secar/su sudor. En estos versos cortos, hilados, estrechos como un camino grabado, cabe el otro, y se busca, y se necesita para deshabitarlo, dejarlo y sucederlo al sol y frente a la nieve, petrificado. Este lugar de amor es el desalojo final donde se pregunta por y para el ser inmediato que ha subido y se queda allí. Para saber quién hay y si ya se es pájaro desnudo o piedra sin verbos. De la cima, del lugar de amor, se baja ya empapando el surco hecho, solo, sin ninguna respuesta de esta honda/ laguna/donde yo/sumerjo/los pensamientos, porque las respuestas las exigirás ahora, después de preguntarte si hay un lugar más digno.

Que tinguem sort, amic.

Pletes del Siscaró, 2.150m

Busco aguas
tranquilas
donde apoyar
la frente
y secar
su sudor.
En ellas
suelo
descalzarme,
ofrecer
mis plantas
desgastadas
al tacto
del sol.
En blanco
anoto
la fecha
que recuerde
al verde
sentirse azul.
Donde
el otro
que me habita
suceda
ya
sin más
razón.

Joan de la Vega. La montaña efímera. Paralelo Sur Ediciones. Barcelona, 2011.

Los pies del horizonte. José Gutiérrez Román

Los pies del horizonte. José Gutiérrez Román

Imagen: Matías Miguel Clemente



Como una molécula traviesa y remolcadora me ha sacado este poema de un letargo que duraba ya bastante tiempo, desde que actualicé por última vez. Y motivos no me han faltado, viajes, estancias, vidas nuevas, en fin. Este poema que está entre tantos otros que son igual de clarificadores, de esenciales y de demoledores.

Ha sido el primer envío que ha llegado a este buzón del Piamonte, la primera carta que llegaba a esta nueva casa, a este espacio reservado a los que adoro, a esta guarida de apenas centímetros en la que deseo cada día que haya algo nuevo. Allí estaba el libro de José, pequeño, como son los libros de Adonáis, en un sobre que sólo podía ser marrón, en un papel marcado y hermoso por ser abrigo de Los pies del horizonte. A partir de ahí establecemos una relación diaria que se desarrolla todas las mañanas en el metro, entre este libro y yo. Desde Porta Nuova hasta Piazza Massaua, estos días ha sido la única parada que he tenido durante el trayecto. Los viajeros podían subir, bajar, sentarse a mi lado, golpearme las piernas con maletas, exhalar el frío en mi cara, todo ha dado igual porque este libro y yo hemos viajado dentro de otro tren más profundo, una única parada, una estación estática dentro del vagón veloz de la experiencia lectora. Gracias José.

Fernando Pessoa, en la víspera de no partir nunca.

Todos los trenes del mundo recorren mis venas,
pero sé que jamás saldré de aquí.

Todos los barcos del mundo surcan mis pupilas,
mas nunca volveré a tomar ninguno.

¿Para qué he de viajar?
¿Acaso hay algún medio de transporte
que me conduzca hasta mí?
En esta tierra de acreditados navegantes
ni siquiera yo sería capaz de dar vida

a un personaje que llegara
hasta las costas de mi ser.

Todo trayecto provoca un malestar extraño
semejante a la conciencia de estar vivo,
pues alejarse de la rutina es alejarse
del no pensar y recobrar el pulso.
Pero ¿para qué quiero yo saber que estoy vivo?
¿Acaso por eso voy a estarlo más?
No, la vida es la misma aquí o allí,
sólo el dolor varía.

Porque mudar de lugar es mudar de piel,
y, entre cambio, deja el dolor su mella
al quedar el alma desprotegida.


A menudo me acerco hasta la estación del Rossio

y, sin que los viajeros se den cuenta,
me infiltro en su equipaje.
Al igual que siempre fue mejor
pensar tonterías que hacerlas,
yo no hago viajes: yo pienso viajes.
Y así, mientras los pasajeros sudan
intentando subir sus maletas al vagón,

yo he llegado ya a París sin moverme del banco

en el que estoy sentado.

Eso es todo, nada más hay en mi vida.

Soy un sedentario sediento de horizontes lejanos.
Mas sé que mi destino es ahogarme de sed
aquí,

en Lisboa.



José Gutiérrez Román. Los pies del horizonte. Premio Adonáis 2010. Rialp

pájaros se gritan

Imagen: Matías Miguel Clemente. Viena.


cuando entiendes que los pájaros aquí abajo cantan más y más fuerte
porque cada vez se escuchan y se entienden menos entierras tu boca
con las manos y la privas de agua por si amaneciera un día tu discurso
otra vez de ruido y trueno

pájaros se gritan

Aeroplano

Imagen: Matías Miguel Clemente


La otra noche soñé que me hacía un tatuaje en la espalda, en el omoplato, y era una avioneta como ésta-mi avioneta, y de esta avioneta colgaba un tipo enganchado con una cuerda, un tipo bastante cachondo, muy esquemático, con una sonrisa amplísima que me miraba (recordemos que en un sueño esas cosas pasan: estoy viendo mi omoplato con detalle sin provocarme una tortícolis y sin mediar espejo). Sin embargo en el sueño había una inquietud resultante de ese tatuaje, y no era la sonrisa del tipo, ni que a la avioneta le fallaran los motores, la inquietud venía provocada por el tatuador que se había pasado con el cielo. Tenía todo el resto del cuerpo azul, y ya no éramos yo y un tatuaje, sino que mi existencia era ya una condición para que ese tipo y ese avión volaran y pudieran llegar a donde quisieran. Toda mi espalda y todo mi cuerpo eran azules, de un azul intenso. Mi preocupación tenía ahora el sentido que tienen los pilares de un edificio, las madres de una comunidad o el pobre y mísero Atlas. Mi existencia se prometía cielo y gravedad para una avioneta que en principio era mía, y para un tipo hecho con cuatro trazos , un tipo que sonreía y casi se reía colgado de la avioneta a través de una cuerda atada a la mano. Por un lado estaba inmensamente preocupado, ahora todo en mí era inmenso, preocupado por adaptar mi cuerpo a un mundo policromáticamente ordenado y por otro lado inmensamente preocupado por la aventura, o las intenciones de la avioneta y de su enigmático pasajero. Pero mientras pensaba en cómo encajarme en el mundo y cómo encajar a este viajero, caí en la cuenta de que alguien más estaba con nosotros, de que no estábamos solos en esto, de que había una presencia muy culpable, tan culpable que no se atrevía a aparecer: el piloto. Justo en ese momento, en cuanto caí en la cuenta de que alguien tendría que estar manejando la avioneta, el azul pobló mis córneas y me cegó, vi todo azul en un instante, sentí la gravedad en el estómago y me desperté de súbito con las manos agarrando un paracaídas.

Mark Strand, Dos caballos

Imagen: Erich Heckel, 1912


Mark Strand tiene esa capacidad de estar en el poema sin estar. Está presente, al principio, siempre, pero se aleja poco a poco hasta que ves tu propia cara dentro del espejo de papel y él ya te saluda desde otra colina, a lo lejos, y así, con las palmas hacia a rriba y los hombros encogidos te dice: "chico, esto es así, arréglatelas como puedas". Con Hombre y camello a medias ya tengo necesidad de airearlo.


Dos caballos

Una cálida noche de junio
fui al lago, me puse a cuatro patas
y bebí como un animal. Junto a mí
llegaron a beber dos caballos.
Es increíble, pensé, nadie lo creerá.
Los caballos me miraban de vez en cuando y bufaban,
asentían con la cabeza. Sentía la necesidad de responder y bufé yo también,
pero titubeaba, como si no quisiera que me oyeran.
Los caballos debieron de darse cuenta de que me retraía.
Se alejaron un poco. Entonces pensé que acaso me habrían conocido
en otra vida: la vida en la que fui poeta.
Puede que incluso hubieran leído mis poemas, porque entonces,
en aquel tiempo sombrío, cuando nuestra impaciencia no tenía límites,
cambiábamos de estilo con tanta frecuencia como días hay en el año.

Mark Strand, Hombre y camello, Visor 2010. Traducción de Dámaso López García.

Cherry-Coloured Funk

Imagen: Matías Miguel Clemente



Anoche no podía dormir, me metí en la cama ya bastante tarde. Habían pasado unos cuantos ratos de inactividad doméstica, desde el sofá me fui a la cama e intenté cerrar los ojos y pensar en el viaje, en el avión, en la maleta, en la alergia, en muchas cosas productivas pero poco eficaces para calmar mi atención perpetua a la realidad. Conseguí cerrar los ojos a eso de las 3 de la madrugada, pero tardé poco en desvelarme otra vez. Entonces decidí irme al salón a leer un rato, es preciso a veces cambiar de ambiente o sentir la lejanía de la cama para que el sueño amenace de verdad. Estuve leyendo, la televisión estaba encendida pero en silencio, algo tan manido literariamente debe ser productivo, y lo fue, la presencia involuntaria de las personas que aparecen en las redifusiones de los telediarios se hace más íntima, parecen personas mucho menos dispuestas a mostrarse, sus caras muestran algo más de vergüenza, los entrevistados tras una explosión, los vecinos de la casa donde se ha cometido un asesinato, el doctor que avala el nuevo avanze contra una enfermedad rara, hasta que pude reparar en un grupo enorme de niños y niñas que comparecían delante de las cámaras, niños y niñas que estaban perfectamente colocados por tamaños para que ninguno se perdiera entre su propia multitud. La imagen era de los años ochenta, el noticiario puso un cartelón debajo para indicarlo, sin embargo era innecesario, las caras de aquellos niños y niñas desvelaban el dolor de una década concreta. Eran niños que llegaban a España desde Chernobyl en 1987. Aquel grupo estaba dirigido por una mujer que se encargaba de mantener lejos a los cámaras españoles que querían acercarse a algún niño para sacar de cerca su cara, sus pecas, su tez blanquecina y derrotada. La imagen cambió y pasaron a centrarse en la monitora que tenía cogida de la mano a una niña.

Hace unos años, creo que siete, estuve una semana en Euskadi. Fuimos a pasar toda esa semana a un pueblecito llamado Orduña, cerca de Vitoria, en Álava. Nos alojamos en una casa rural que se encontraba a un par de kilómetros del pueblo. Era una casa rural enorme, llena de grupos de escolares de la propia Euskadi, y otro grupo muy reducido de niños que poco tenían que ver con nuestro entorno, con el jaleo de los escolares o con las broncas voces de los monitores que en euskera llamaban a los grupos para comer. Era un grupo pequeño, habría unos ocho niños y niñas, una monitora que tenía dieciocho años recién cumplidos y una señora mayor que hacía de verdadera monitora. La monitora recién nombrada hablaba español, tenía el pelo muy claro y una sonrisa enorme, tan enorme y temblorosa que parecía a punto de cesar y convertirse en vaho. Era un grupo de niños de Chernobyl. La monitora mayor nos los presentó a todos y a la joven monitora que según su maestra acababa de coger los galones después de muchos años aquí recibiendo tratamientos. Ahora acogían a niños y niñas todos los veranos, permanecían allí durante los meses de calor recibiendo cuidados.

La niña que aparecía en el telediario de redifusión, la que tenía cogida la monitora de la mano era ella, pequeña, con el pelo igualmente claro y una sonrisa plena, pero con los ojos enrojecidos, como los niños a los que azotas pero ldespués les prometes que los vas a colmar de regalos. Estoy completamente seguro de que era ella, principalmente porque vi su cara y supe que la conocía sin acordarme de Orduña, ni del grupo, ni de las monitoras, ni de las sonrisas ni de su silencio en el comedor de la casa rural. Fue al rato cuando me levanté del sofá sobresaltado, encendí el ordenador, busqué en la carpeta de fotos de viajes y estaba allí, conmigo, cogidos por la espalda, alta, blanca y con el pelo clarísimo, y con unos galones recién adquiridos que le hacían sonreír a la cámara y a todos los niños que tenía delante.

Al volver de la habitación me encontré con este cielo. Miré por el visor del objetivo y sólo pude sonreir. Al darle al botón de la cámara creo que sentí algo parecido a la acidez.

Cherry-Coloured Funk, Cocteau Twins


Bucéfalo

Imagen: Matías Miguel Clemente



Bucéfalo fue el caballo favorito de Alejandro Magno, fue su caballo desde los nueve años y existen algunas versiones acerca de la vida de éste, leyendas mágicas, fantásticas algunas, retorcidas otras e hiperbólicas todas. Bucéfalo tiene unas memorias que puso en manos de nuestro amigo Eloy M. Cebrián. Bucéfalo tiene varias ciudades que según los historiadores y las crónicas que redactaron unos cuantos cronistas y analistas de nombres casi de coña ( sí, soy filólogo), fueron fundadas en honor a su muerte y a sus últimas batallas. Seguramente Bucéfalo vivió su propia anábasis a las órdenes de Alejandro, una anábasis quizá involuntaria, casual, inocente pero marcada por su paso desorbitado y bestial. Pocas veces veo un caballo y no me acuerdo de Perse, de su llegada a la tierra baldía que se ha de conquistar y en el nacimiento de un caballo, en el bronce que rodea su creación mítica y su destino que se graba, dioses mediante, en sus ojos, desde que los abre hasta que dobla las rodillas y sienta su cabeza en el suelo.

Bucéfalo tiene cabeza de buey.
Bucéfalo no soporta su sombra.
Bucéfalo se come a los hombres.
Bucéfalo sólo soporta a Alejandro.
Bucéfalo tiene una estrella blanca entre los ojos.
Bucéfalo no soporta la celda.
Bucéfalo no vuela porque no quiere.
Bucéfalo sólo soporta a Eloy después de Alejandro.

Bookshelf symbol 7

Imagen: Matías Miguel Clemente


Abrí el documento convencido de que valía su extensión en rayas de cocaína, o de heroína o en polvo de oro. Abrí el documento dispuesto a imprimirlo, a darle forma a los párrafos, a convertirlo en letra que fuera amable a la lectura y que le hiciera justicia. Seleccioné todo el texto, convertí los espacios sencillos en dobles, tabulé las primeras palabras de los diferentes párrafos como un escultor con su cincel y con el cigarro en la boca y a un lado, para que no le entre el humo en los ojos. El texto, todo, azul seleccionado; mi mano temblorosa busca en la lista de tipos y se equivoca, selecciona Bookshelf symbol 7; las páginas se convierten en una marea de símbolos perfectamente aleccionados. Me detuve, bajé las páginas con el ratón a la velocidad del suicida, vi entonces algo demoledor detrás de esos símbolos y tan azul como estaba, tan seleccionado todo, pulsé la tecla de suprimir y me quedó un alivio hermoso, inmenso y blanco.

La mirada del héroe

Imagen: Matías Miguel Clemente




El héroe mira. El héroe mira y sabe que desde dentro, desde sus entrañas, desde las terminaciones nerviosas que producen saltos en el estómago, desde ahí, se gestan las hazañas. El riego, el flujo, el torrente sanguíneo que recorre el cuerpo y que se concentra en todo el medio, es la fuerza desde la que hay que saltar hacia el vacío. El héroe teme, no está exento de perder los nervios, de desparramar toda esa sangre y dejar que se cuele por el desagüe del miedo, de olvidarse de aquello que le enseñaron, del sosiego, de las premisas primeras. El héroe debe agacharse y buscar con sus dedos aquel hilo que le dijeron que le conduciría hacia su destino por el camino nombrado y romperlo, cogerlo con las dos manos, apoyarlo en las entrañas, donde está la sangre bullendo, y tirar hacia los lados contrarios. El héroe sabe que si quiebra su destino y lo desplaza hacia dos lados contrarios se abre otro mundo. El héroe sabe llegar a ese mundo abierto con sus manos, con sus entrañas, con su miedo y con sus nervios. El héroe es allí feliz, porque desde ese mundo la presencia es una atalaya. El héroe mira entonces de otra forma, el héroe es un gaviero, un vigía, una sombra larga que proyecta luz. Los ojos del héroe son otros, el cielo lo intuye y se agita. El héroe es capaz de agitar el cielo cuando le hierve la sangre en las entrañas. El héroe examina su culpa y le hierven las entrañas. El cielo hierve al héroe en sus entrañas. El héroe es la sangre del cielo hirviendo en sus entrañas.

Toma de posesión

Imagen: Matías Miguel Clemente



Auguro parabienes al suelo en que fundé mi ley, aúlla Saint John Perse como una sonoridad oculta tras el propio grito, como una siembra de pasos detrás de su aposento, en su tierra conquistada, palabra o desierto de amantes.

Yo me auguro y grito, sin confundirlo con un aullido, grito de estado y de soberbia inaugural, ascendencia de un ritmo de las cosas que he seguido hasta sentarme aquí, en el suelo fundado y que nos da la ley de la invalidez, este suelo que regala suelo, que funde el suelo, y que devora suelo.

Cómo fundar leyes, cómo hacerse incandescente en la noche en un suelo fundado ya por savia extraña, cómo sembrar aullido si las paredes son la proyección del suelo severamente forjado, si la ley se funda a base de rayar el suelo con las rodillas, si hay más ley en la herida de una caída que en el suelo que te hunde al caer.

Yo me auguro y grito como grita la boca del desahucio al fundir mi ley con el suelo.

Muescas

Imagen: Matías Miguel Clemente


Tengo unas dudas acerca de la permanencia, son dudas un tanto convencionales, y por eso las suelo amar, son dudas que no resultan de estar tres horas mirando por la ventana, ni de aspirar muy muy hondo el humo de un cigarro, ni siquiera de estar ciego de absenta. Tengo dudas acerca de la permanencia.

Hasta qué punto hacemos la primera muesca conscientes de su permanencia? Sabemos lo que hacemos cuando, por primera vez, sacamos un rotulador, una navaja, una piedra y socavamos un árbol, una pared, nuestra propia piel? Somos conscientes de que insertar la mancha de tu identidad en otro soporte que no sea materia gris (oscura) provoca una especie de temblor difícil de almacenar por inestable? Realmente intuimos el terremoto que produce dentro? El movimiento tectónico que surge en la trastienda y que no conoceremos hasta que la inundación sea incontrolable?

Por qué reivindicamos la existencia donde la reivindican y reiteran los demás? Por qué necesitamos rasgar donde han rasgado otros? Porqué necesitamos decir que también somos?

Y si es así, si lo hacemos conscientes, de qué depende su permanencia? Dónde permanecemos más, dónde será imborrable la muesca?

Más, es necesario?

la belle lumière

Imagen: Matías Miguel Clemente


Todos conocemos a algún iluminado o iluminada. Todos sabemos reconocerlos, sabemos cuál es su modus operandi, cuál es el gesto que ponen antes de declararse, por vía de aquello que llamaron inteligencia emocional, como iluminado o iluminada.

Permanecen en silencio, al principio, callan, porque saben que no pueden soltar su vitral de luz así, sin mediar un estudio de la situación, sin reparar en los demás, sin advertir que los que rodean al iluminado tienen la suficiente educación, que es tara para el iluminado al tiempo que su salvación, ya que cuando el iluminado o iluminada repara en que nadie impedirá que su luz nos muestre el camino, despega la espalda de su asiento, se acerca al aliento del resto y muy despacio, muy despacio, muy despacio, comienza a vomitar su preciada luz, cada vez de forma más caudalosa, y al tiempo más abrupta, pero es que tiene que ser así.

El iluminado o iluminada empieza a disfrutar cuando observa que los de alrededor están paralizados, estáticos, perplejos, porque creen que empiezan a estar absueltos de su ignorancia, gracias a su luz, a su razón lumínica, incluso gracias a su indulgencia, porque la luz del iluminado o iluminada también perdona la torpeza del ignorante, la cara del bobo, el gesto del despistado, la ceguera del díscolo, e incluso la debilidad del melancólico.

Todos conocemos a algún iluminado o iluminada, y todos deberíamos llevar un extintor de luz en el bolsillo, porque la luz del iluminado o iluminada es altamente inflamable.

Resolutivo

Imagen: Matías Miguel Clemente


Quiero ser resolutivo. Saber en todo momento que es el momento, que es la hora, que la vena que se hincha es la que sirve y es a la que hay que hacer caso. Hay novelistas a los que se les lee a leguas que son resolutivos, que saben dónde se está hinchando una vena y que hay que pincharla para que salga lo que tiene que salir, sea del color que sea. Eso le pasa a Lispector, en Lazos d e familia por ejemplo, o a David Vann en Sukkwan Island, por citar alguna lectura reciente. Los guitarristas son resolutivos también, a pesar de andar sobre la línea de una melodía, el rasgueo es determinante, es resolutivo en ocasiones, es resolutivo en Pixies, en My Bloody Valentine, en Los Enemigos. Hay muchas cosas que resultan resolutivas, cualquier cosa o ser que hace movimiento ante el picor, cualquier efecto físico provocado es resolutivo en si mismo, y así provoca más efectos. Mi gato, incluso, es resolutivo.

lo que las manos

Imagen: Matías Miguel Clemente



Yo sé lo que es taparse los ojos y apretar con las manos. Yo sé lo que es ver pequeñas lucecitas que auguran al apretar con las palmas de las manos. Yo sé lo que las palmas de las manos tapan, a pesar de tenerlas delante, las cosas, las manos, las lucecitas, el augurio. Yo sé que las sombras de mis manos proyectan lo que hay delante y de lo que me escondo cuando aprieto.

old corner

Imagen: Matías Miguel Clemente. Gijón.


Es muy, muy curioso cómo todas estas fachadas, estos edificios y en concreto estos portales que albergan lo que un día fue un comercio, nos llaman tanto la atención. Nos impresiona ver sus entradas adornadas tan sutilmente para los clientes, lo diáfano de sus tipografías y sus carteles, y sobre todo nos impresiona la piedra que rodea sus puertas, la dureza de las entradas, su rectitud, y su facilidad para absorber horas y cambios solares. Parecen mentira, así de sencillo. Parecen mentira porque huelen a orín, porque permanecen y porque les pasa lo que a muchos de nosotros, que han intentado mezclar la piedra con el metal, en un esfuerzo por no desaparecer y también nosotros somos, por eso mismo, mentira.

Parecen mentira y por eso nos llaman tanto la atención, porque las mentiras hoy están peor vestidas, hoy son más volátiles. Parecen mentira y nos llama la atención su absoluta indiferencia. Nos llaman la atención y pensamos en la gente que las regentó un día, en lo que vendían, en el género, en lo caro y en lo barato, pensamos en la abstinencia de algunos al acercarse y en el derroche de otros, pero sobre todo pensamos hasta qué punto va con nosotros, hasta qué punto pertenecemos, en cuándo fue la fecha de su conversión en mentira, en qué absurdo aparato nos puso aquí, en su futuro odiado o temido.

Casi in-necesario

Imagen: Matías Miguel Clemente. Gijón


Ponerle pie a esta foto me resulta casi, casi imposible. No sé si es casi necesario. Si algo tiene es que es casi cualquier cosa. Me encanta, está feo decirlo, pero me encanta. ¿Alguien le pone título?

Encuentros en la 1ª Fase.

Foto graciosa del Iª Semana del Español en Turín que me he encontrado por la red. El ya mítico volcán Islandés Eyjafjalla nos impidió disfrutar de la deseada compañía de Gonzalo Hernández Baptista y del auditorio del Liceo. Me hace mucha gracia ver esta foto, sobre todo porque detrás había una enorme pantalla que magnificaba mi curva de cabeza. Qué gracia¡¡¡

Ejercicio Tema 4´ - Rfljs- eeo

Imagen: Matías Miguel Clemente



Y la aportación de Laura Rosal, que la hace un poco más enigmática...

Julieta Valero. Autoría.


Ayer estuvo lloviendo casi toda la tarde. Parecía que eso iba a impedir a mucha gente acercarse al Aula, no fue así.

Julieta recitó poemas de su nuevo libro "Autoría". Le pareció lo mejor, lo más cercano, lo último. Y hablamos mucho todos. Fue, como en el título de uno de sus últimos poemas, "Items para un tsunami", pues eso, un tsunami que va creciendo desde su primer temblor, empezó por unos versos y acabó con una genial charla. Nos habló del Festival de Medellín, de su poesía, de sus gustos, de su manera de posicionarse ante el poema, de las relidades poéticas, de muchas cosas. Fue casi una clase.

ÍTEMS PARA UN TSUNAMI

En el colmado de abajo aceptaron a mi planta trepadora a cambio de un kilo de arroz.

Mirando bullir el arroz engañé a la prisa y se quedó dormida junto a los trozos de hielo.

Ahora la palabra frío conserva su manantial y su Estalingrado pero designa también tus pies pequeños que me buscan cada noche.

Cada noche tú imitas a Boris Karloff y tomamos al monstruo por el niño. El cabo de la risa en nuestra almohada es el espejo donde la rutina se ve las arrugas y llora.

Algunas madrugadas hablamos de tener hijos sin la comadreja de las tropas que invaden. No es Navidad pero sé que nos preocupan verdaderamente los niños palestinos. Ningún reportaje escinde el material de sus casas del inventario de nuestro miedo.

Hay una cuenta que no me sale y eso me recuerda como hoja y aquel viento. Me refiero al tiempo que me queda atravesado por la pértiga de la felicidad. Tengo dudas con la densidad del aire aunque en los depósitos de lo que importa tu sonrisa es un número primo. De aquí a la eternidad. No sé más pero matemáticos bondadosos con grasa en el pelo se han sentado en su pupitre, descalzos y tristes, a balancear estos enigmas.

De lo escondido ya sólo me interesa cómo se las arreglará la esponja del amor para crecer más allá de la barrera de coral.

Sospecho que la belleza debe ser algo que se desparrama con tino. No vale la sustitución de materiales. Ese truco era un conejito blanco que huyó hacia los helechos de la adolescencia.

Desde que sé que envejezco con la certeza que se sabe una fresa en la boca me gustaría que cada vez que me cansa mi madre me creciera una demanda de amor con el perímetro de los días que sus manos han sido benéficas. Una caricia detrás de otra para que su círculo me extrajera esta imbecilidad lineal, la muela de la ingratitud sonando en la bandeja de lo inapelable.

Debes estar al llegar. Cuando eso ocurre Marguerite Yourcenar tiene un pensamiento obsceno y planea su regreso.

El regreso es el único movimiento posible y sin embargo choca siempre con la rótula de los emprendedores. De esto deduzco que los recién nacidos ya se están rehabilitando, que las estadísticas quedan pasteurizadas en las incubadoras.

Donde quiera que esté Praxíteles te mira satisfecho. Por mi parte, he roto con el miedo: lo hubiera perdido todo de no dar contigo. La mesa está puesta. Aunque sabes de mis limitaciones con las salsas y la Cábala, también tu ambición es sabia: una bolsa blanca que se mueve con el viento.

Julieta Valero. Autoría. Dvd Ediciones, Barcelona, 2010.