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Movimiento de tierras

Ando estos días liado con Góngora, en todos los sentidos como imaginaréis, salvo en el sentido que imagináis...Nos toca dar el barroco, a Quevedo y obviamente al genio cordobés. Tamaña empresa, ya en un país hispanoparlante, pensad en chicos de 16 años que tienen en esta lengua una nueva adquisición. Por fortuna, cada vez la sienten más como un refugio secreto y eso me tranquiliza, pero no me permite bajar la guardia.

Precisamente por eso esta noche he recurrido al Lenguaje y Poesía de Jorge Guillén, donde como sabéis el poeta y crítico desgrana la obra de varios pilares de nuestra literatura, y cómo no, de nuestro nasón (por esta vía podría comenzar a conquistarlos, porque aquí, en Italia, hay unos cuantos relojes de sol mal encarados). Comencé a leer con una sensación, reconozco, de página amarilla, de cartón mojado y luego evaporado, más por el cansancio de toda la semana que por la prosa del análisis de Jorge, que es indudablemente certera. Y entonces llegué a un fragmento que me dio una descarga. La sacudida fue digna de un terremoto devastador, de un movimiento subcutáneo y cardiaco pavoroso (hongo de bomba atómica, minas sepultadas, niños gritando).

Comienza Jorge hablando de la dificultad de la poesía de Góngora, como no puede ser de otra manera; es difícil, muy difícil, como dice el propio Guillén, con una trabazón tan coherente que admite un análisis muy preciso, insiste en que la poesía de Góngora es la más explicada de nuestra literatura, por su precisión y su posibilidad de análisis. Y en el momento en el que la lógica de esa afirmación me permite reencontrarme con mi autocomplacencia, el bueno de Jorge sentencia: ¿Cómo desmontar, en cambio, la poesía sencilla -sencilla hasta cierto punto- si no ofrece artificio desmontable?...

Movimiento de tierras, falta de oxígeno, gas mostaza en mis pulmones, mi corazón de viaje y en un concierto de cuencos tibetanos, luz y masa oscura se convierten en inspiración y aspiración. Vuelvo en mí y pienso en lo sencillo escueto y en lo sencillo extenso, en un páramo, en Whitman cantándose así mismo, en Alberto Caeiro preguntándole al guardador de rebaños, en la exactitud de Pizarnik en su dolor, en el sintagma degradante tren, en la belleza de un traveling de minutos en el que apenas sucede nada y pasa todo. Me quedo inmóvil sin saber dónde está mi discurso, si en el desierto de los que, como San Juan, no encuentran consuelo ni arma en las palabras, o en el pórtico sinuoso y brillante de los que creen en la magia del verbo.

Dejo el libro a un lado de la cama, todavía no hay nadie conmigo, se oye un debate televisivo desde el salón, un mechero que enciende un cigarrillo, intuyo que mover un pie debajo de la manta será como declarar la derrota de las palabras, dada mi inmovilidad y rigidez anterior. Lo muevo para declarar la vida a pesar de todo, el gato se abalanza sobre él, le dejo jugar, y yo asustado me duermo.



                                       tocata y fuga

                                       fuga y tocata


Imágenes: Matías Miguel Clemente