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Cherry-Coloured Funk

Imagen: Matías Miguel Clemente



Anoche no podía dormir, me metí en la cama ya bastante tarde. Habían pasado unos cuantos ratos de inactividad doméstica, desde el sofá me fui a la cama e intenté cerrar los ojos y pensar en el viaje, en el avión, en la maleta, en la alergia, en muchas cosas productivas pero poco eficaces para calmar mi atención perpetua a la realidad. Conseguí cerrar los ojos a eso de las 3 de la madrugada, pero tardé poco en desvelarme otra vez. Entonces decidí irme al salón a leer un rato, es preciso a veces cambiar de ambiente o sentir la lejanía de la cama para que el sueño amenace de verdad. Estuve leyendo, la televisión estaba encendida pero en silencio, algo tan manido literariamente debe ser productivo, y lo fue, la presencia involuntaria de las personas que aparecen en las redifusiones de los telediarios se hace más íntima, parecen personas mucho menos dispuestas a mostrarse, sus caras muestran algo más de vergüenza, los entrevistados tras una explosión, los vecinos de la casa donde se ha cometido un asesinato, el doctor que avala el nuevo avanze contra una enfermedad rara, hasta que pude reparar en un grupo enorme de niños y niñas que comparecían delante de las cámaras, niños y niñas que estaban perfectamente colocados por tamaños para que ninguno se perdiera entre su propia multitud. La imagen era de los años ochenta, el noticiario puso un cartelón debajo para indicarlo, sin embargo era innecesario, las caras de aquellos niños y niñas desvelaban el dolor de una década concreta. Eran niños que llegaban a España desde Chernobyl en 1987. Aquel grupo estaba dirigido por una mujer que se encargaba de mantener lejos a los cámaras españoles que querían acercarse a algún niño para sacar de cerca su cara, sus pecas, su tez blanquecina y derrotada. La imagen cambió y pasaron a centrarse en la monitora que tenía cogida de la mano a una niña.

Hace unos años, creo que siete, estuve una semana en Euskadi. Fuimos a pasar toda esa semana a un pueblecito llamado Orduña, cerca de Vitoria, en Álava. Nos alojamos en una casa rural que se encontraba a un par de kilómetros del pueblo. Era una casa rural enorme, llena de grupos de escolares de la propia Euskadi, y otro grupo muy reducido de niños que poco tenían que ver con nuestro entorno, con el jaleo de los escolares o con las broncas voces de los monitores que en euskera llamaban a los grupos para comer. Era un grupo pequeño, habría unos ocho niños y niñas, una monitora que tenía dieciocho años recién cumplidos y una señora mayor que hacía de verdadera monitora. La monitora recién nombrada hablaba español, tenía el pelo muy claro y una sonrisa enorme, tan enorme y temblorosa que parecía a punto de cesar y convertirse en vaho. Era un grupo de niños de Chernobyl. La monitora mayor nos los presentó a todos y a la joven monitora que según su maestra acababa de coger los galones después de muchos años aquí recibiendo tratamientos. Ahora acogían a niños y niñas todos los veranos, permanecían allí durante los meses de calor recibiendo cuidados.

La niña que aparecía en el telediario de redifusión, la que tenía cogida la monitora de la mano era ella, pequeña, con el pelo igualmente claro y una sonrisa plena, pero con los ojos enrojecidos, como los niños a los que azotas pero ldespués les prometes que los vas a colmar de regalos. Estoy completamente seguro de que era ella, principalmente porque vi su cara y supe que la conocía sin acordarme de Orduña, ni del grupo, ni de las monitoras, ni de las sonrisas ni de su silencio en el comedor de la casa rural. Fue al rato cuando me levanté del sofá sobresaltado, encendí el ordenador, busqué en la carpeta de fotos de viajes y estaba allí, conmigo, cogidos por la espalda, alta, blanca y con el pelo clarísimo, y con unos galones recién adquiridos que le hacían sonreír a la cámara y a todos los niños que tenía delante.

Al volver de la habitación me encontré con este cielo. Miré por el visor del objetivo y sólo pude sonreir. Al darle al botón de la cámara creo que sentí algo parecido a la acidez.

Cherry-Coloured Funk, Cocteau Twins


4 comentarios:

karen dijo...

Coincidencias de la vida .... no crees.Un abrazo.

matías miguel clemente dijo...

La vida está llena de ellas. Un abrazo Karen.

karen dijo...

y que lo digas como que has respondido mi comentario el dia de mi cumpleaños.otro para ti matias

M.A.P.C. dijo...

Me encantan las coincidencias Mati